Retos del lenguaje diplomático de hoy

 


 

Por Manuel Morales Lama - 11/11/2011

La diplomacia como instrumento de ejecución por excelencia de la política exterior del Estado, es una actividad cuya eficacia, “desde épocas muy remotas, ha requerido de un manejo inteligente, cuidadoso y oportuno” (B. Ruiz). En modo alguno la diplomacia podría consistir en un simple “intercambio gratuito de palabras y procedimientos amables”. Es mucho más que eso, es en esencia “la aplicación de la inteligencia y el tacto a la conducción de las relaciones entre los Estados” (E. Satow). Consecuentemente, el diplomático debe ser un eficiente negociador y, conforme a requerimientos contemporáneos, un eficaz promotor comercial, entre otras funciones inherentes a sus responsabilidades.


A diferencia de otros sistemas de comunicación, la “red diplomática” por su carácter no puede ser neutra, está al servicio de los respectivos intereses, de competencias e incluso ocasionalmente de rivalidades; sobre todo, está a la disposición, convenientemente, de la conciliación de intereses. En tal contexto, es claro que un genuino representante de un Estado, “actuando profesionalmente”, no podría transigir de ninguna manera sobre aquello que es condición de la propia existencia de su nación.    


En el orden práctico, la comunicación diplomática implica la efectiva interpretación de los mensajes y palabras, asimismo, de las “señales” y también de los gestos. Hay que saber entender el significado de la interrupción de la comunicación, del silencio y de la retirada del interlocutor, incluso de “la exageración de sus cumplidos” (A. Plantey).


El denominado “lenguaje profesional de la diplomacia” es básicamente una cautelosa forma de expresión que da la oportunidad de quedarse por debajo de la exacerbación, cuando ese proceder conviene a los intereses del Estado respectivo. Dicho lenguaje ha resultado ser el “único instrumento” que permite, mediante cautelosas gradaciones, formular apropiadamente una advertencia seria a su contraparte,  sin emplear innecesariamente vocablos amenazadores.


Se ha convenido en l lama r “estilo diplomático” al conjunto de formas y términos que se usan en las exposiciones orales y escritas de ese carácter. Por siglos, paulatinamente, el ejercicio “profesional” de la diplomacia ha ido creando expresiones, giros literarios y frases hechas, indispensables para comunicarse con propiedad, no sólo en este quehacer, sino también en los más diversos escenarios internacionales.


En ese contexto, sería edificante citar a autores clásicos y modernos, entre ellos a H. Nicholson y a I. Moreno, en relación a cómo la necesidad de tacto ha llevado a ejecutores de la diplomacia a adoptar una serie de frases “convencionales” que, por muy afables que puedan parecer, “poseen un valor de cambio conocido”. Así cuando un  Mandatario, un Canciller o Jefe de Misión Diplomática informa a otro gobierno que el suyo “no puede permanecer indiferente” ante determinada controversia internacional, es evidente que quiere significar que su gobierno intervendrá en esa disputa. Si en su misiva o discurso emplea frases tales como “el gobierno de mi país ve con inquietud”, o también, “ve con grave inquietud”, entonces es obvio que el gobierno que representa se propone adoptar una actitud enérgica en el referido asunto.


Mediante cautelosas gradaciones como éstas se puede formular apropiadamente una importante advertencia. Si no se hace caso de ella, todavía puede elevar su voz sin que por ello deje de seguir siendo cortés y conciliatoria. Si dice “en ese caso mi gobierno (el gobierno que representa) se sentiría inclinado a reconsiderar cuidadosamente su posición” quiere decir que la amistad está a punto de “quebrarse”. Cuando dice “el gobierno de mi país se siente obligado a formular reservas expresas con respecto de…” dice en realidad que “el gobierno de su país no permitirá…” 


La expresión “en ese caso mi gobierno se verá obligado a considerar sus propios intereses” o “a declararse libre de compromisos”, indica que se prevé una alteración de las relaciones. Si advierte a un gobierno extranjero que determinada acción de su parte sería considerada “como un acto no amistoso”, el gobierno receptor debe interpretar sus palabras como una amenaza tácita para la adopción de medidas “de hecho” reconocidas por la comunidad internacional. En ese sentido, cuando dice que “se ve obligado a declinar toda responsabilidad por las consecuencias” quiere decir que está a punto de provocar un incidente que llevaría a medidas coercitivas. Y si pide, aun en los términos de la más exquisita cortesía, una respuesta, por ejemplo, para “antes del medio día del día diez”, su comunicación se considera entonces, con fundamento, un ultimátum.


No cabe duda que el lenguaje diplomático resulta acertado y exitoso cuando se emplea cuidadosamente y de manera selectiva. Si “se descuida” o “se confía” a inexpertos o a desconocedores, una situación  normalmente manejable se puede agravar a niveles insospechados e incluso generar “consecuencias imprevisibles”, dada la investidura del expositor.   

 



El autor es Presidente del Instituto Hispano Luso Americano de Derecho Internacional  y Grande Oficial de la Orden del Merito Consular.

 

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