Rol de la opinión pública en la diplomacia

 


 

Por Manuel Morales Lama - 02/09/2011

  En el marco del proceso evolutivo de la sociedad internacional, la opinión pública ha ido adquiriendo una importancia cada vez mayor. Su incidencia se hace patente tanto en la dinámica de las relaciones internacionales, como en la formulación y ejecución de la política exterior y, sobre todo, en la diplomacia por ser el instrumento de ejecución por excelencia de esa política.

Al respecto investigaciones académicas recientes, en el marco de los estudios internacionales, han determinado que el apoyo de una opinión pública “ilustrada y convencida” concede consistencia a la acción exterior del Estado y fortalece consecuentemente su capacidad diplomática.

Contrariamente a lo que sucedía en otras épocas, en la actualidad particularmente en los Estados plenamente democráticos, se está viviendo una etapa en la que el ciudadano, debidamente consciente de ello, puede ejercer una creciente incidencia (o presión) sobre el ejercicio formal del poder, especialmente en ciertos ámbitos, entre los cuales están los asuntos internacionales.

Téngase presente, que conforme a una definición ampliamente aceptada”, debe entenderse por opinión pública: “El juicio que tiene el público en torno a los diferentes temas de naturaleza interna y externa que impacta de manera directa e indirecta en la vida cotidiana de las personas. La opinión pública, en general, suele incidir en el proceso de toma de decisiones de las políticas públicas, entre las cuales está la política exterior. El fin último de una política pública debe ser mejorar las condiciones de vida de la sociedad; por lo tanto, la voz del pueblo debe ser tomada en cuenta por los gobernantes para definir las decisiones en los diversos ámbitos de la vida nacional” (J. Schiavon y R. Velázquez).

En la actual era del conocimiento y de la información global, es y será cada vez más difícil llevar a cabo una política exterior que no se base en un determinado consenso popular. Consonante con ello, los gobiernos “modulan” su política exterior en función de los intereses superiores del Estado, y, generalmente, con el apoyo de la opinión pública. No obstante, tal como sostiene A. Plantey, es evidente que: “Un gobierno que espere recibir directrices e instrucciones de la opinión pública ya no tendrá libertad para fijar sus objetivos y estrategias, como corresponde”.

Asimismo Plantey constata, que si bien antiguamente la conducta de quienes ejercían el poder político, a menudo estaba dictada por consideraciones de orden personal, en cambio actualmente es recomendable que esté acompañada de una preocupación constante por la comunicación con la población. Hoy, más que antes, el pueblo requiere una información “sencilla y directa, pero certera”, aspira a comprender y le gusta que se le convenza con argumentos objetivos y comprobables. “No debe haber, por supuesto, contradicción entre lo dicho y los hechos, sino más bien fidelidad a los principios que se proclaman”.

Téngase en cuenta, añade el tratadista citado, que sin llegar necesariamente a la propaganda, una reiteración pertinaz acaba por influir de alguna manera sobre la opinión pública. Igualmente, la influencia de quienes poseen globalmente los elementos tecnológicos necesarios para el éxito de una política exterior resulta cada vez más difícil de detectar en su real magnitud. Varios autores contemporáneos al referirse a este tema, como dato histórico, recuerdan que Lenin (Vladimir llich Uliánov) decía que “la radio es un periódico sin fronteras”.

Por su vinculación con lo precedentemente tratado, conviene recordar que en las últimas décadas se ha implementado y desarrollado una “novedosa modalidad de diplomacia denominada diplomacia pública”, cuyo propósito es potenciar la eficacia de la acción exterior del Estado. Mediante esta modalidad de diplomacia las naciones ejercitan eficaces estrategias para informar e “influenciar” a las audiencias extranjeras (opinión pública), a fin de crear  “mayor confianza y empatía” a su favor, lo que resulta imprescindible para obtener determinados objetivos de la política exterior. Hoy la diplomacia pública coadyuva con las acciones propias de la diplomacia clásica vigente y armoniza con su constante proceso de actualización, conforme a consistentes requerimientos contemporáneos.

En ese contexto, téngase presente que la primera obligación de los responsables de las acciones externas de los Estados consiste en establecer eficientes y confiables mecanismos (“lícitos”) para informarse y, consecuentemente, para poder informar como corresponde. Asimismo, para preservar el esencial derecho a la información, resulta imprescindible que los medios de comunicación social puedan asumir y desarrollar su indelegable responsabilidad, con la plena independencia requerida.

Como referencia histórica merece recordarse, finalmente, la memorable frase de Armand-Jean du Plessis, Cardenal de Richelieu, que consigna: “Toda decisión de un hombre de Estado requiere de la aprobación pública”.

 



El autor es Presidente del Instituto Hispano Luso Americano de Derecho Internacional  y Grande Oficial de la Orden del Merito Consular.

 

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