El ejercicio de la diplomacia

 


 

Por Manuel Morales Lama - 10/07/2011

Cada vez más frecuentemente la política internacional amplía su campo de acción y sus perspectivas. El ámbito clásico del debate sobre la guerra y la paz es evidente que se ha desbordado ya hace tiempo. En ese marco la política exterior de los Estados se ha abierto a las operaciones más diversas que los países llevan a cabo, o garantizan, a medida que incrementan su intervención en el área económica (financiera y comercial).

En ese contexto el ejercicio profesional de la diplomacia, por su importancia y complejidad, exige a sus ejecutores estar capacitados para analizar, evaluar y proceder efectivamente ante las oportunidades, riesgos y antagonismos que interactúan en la dinámica de la política internacional.

Téngase presente que la teoría de la diplomacia se ha desarrollado a través de la historia siguiendo líneas paralelas de esenciales conocimientos y fundamentos de carácter científico, que la han convertido hoy en un indispensable proceso continuo cuyos principios representan la experiencia acumulada de generaciones de hábiles y talentosos funcionarios, comprometidos plenamente en la defensa de los intereses fundamentales de las naciones que han representado, por demás sensatos y razonables, que han sabido demostrar las ventajas de la concertación frente a la confrontación (H. Nicholson).

La dinámica actual del ejercicio diplomático profesional exige poder contar y desarrollar “calidades especiales”: intuición, perseverancia y mesura; fluidez en el análisis y concentración de la reflexión; actitud para dominar lo aleatorio y al mismo tiempo para saber actuar convenientemente ante lo imprevisto.

Asimismo, “se aplican los tipos de comportamiento, de oratoria, de disciplina e incluso de razonamiento que los embajadores (en propiedad) y los negociadores en este ámbito, adoptan generalmente y que constituyen en determinada medida un código internacional de la profesión” (A. Plantey).

En el orden práctico, con cierta vinculación con lo señalado precedentemente, recuérdese que en el siglo pasado determinados jefes de misiones diplomáticas (con actitudes y formación no profesional en este ámbito específico), tuvieron que ser apartados de sus funciones como sanción por haber caído en la tentación de ser  “conciliadores impenitentes”, de ésos que han pretendido “agradar” a su Canciller o al propio Jefe de Estado, antes que presentar un cuadro exacto del asunto en cuestión, en contraposición naturalmente con la precisión en la información que exigen las acciones en este ámbito.

En las últimas décadas, otra de las llamadas tentaciones en que suelen caer ciertos designados para ejercer funciones diplomáticas, sobre todo aquellos que sus “detractores denominan “diplomáticos improvisados”, es la de “crear precedente” al pretender imponer como estilo propio, un peculiar comportamiento, que por estar alejado de los fundamentos, usos y costumbres que sustentan las acciones en este campo, resulta claramente ajeno al exigente medio donde se ejercen estas responsabilidades. Sin duda con ello suelen atraer la atención de los habituales  “compiladores de anécdotas”; y más grave aún son los lamentables efectos de tal proceder en la imagen y prestigio internacionales del Estado que le ha confiado su representación.

Indudablemente que las innovaciones son siempre necesarias, pero para hacerlas con el debido fundamento, cabe insistir, se requiere primero conocer a plenitud la materia en cuestión (teoría y práctica). Ser un experto en otra área del saber, aunque de alguna forma esté relacionada con  la materia a innovar, no otorga la autoridad necesaria para tal proceder.

Evidentemente la asignación de una responsabilidad no concede, en modo alguno, los conocimientos para ejercerla. En tales casos, si lo que se pretenden son “buenos resultados” de la gestión, deben ejercitarse la grandeza de espíritu y la humildad, y del mismo modo la inteligencia y la capacidad gerencial, para asesorarse y asistirse adecuadamente, tal como lo han hecho determinados designados en tal situación, ya sea por personal convicción o también siguiendo las debidas recomendaciones de la propia Cancillería. En adición a lo cual, deben saberse hacer los máximos esfuerzos por ir aprendiendo convenientemente en la marcha, e ir adquiriendo en la medida de lo posible la correcta experiencia requerida.

            Por último podría finalizarse con la observación de A. Pasantes García: el diplomático contemporáneo debe ganarse apropiadamente la reputación de lealtad al propio país, de estar en todas sus actuaciones en pleno conocimiento de sus deberes y derechos en este ámbito, e igualmente, “de persona de bien, y sobre todo de honestidad, como carta de recomendación para ser creído en lo que afirma, y ser respetado y considerado, lo cual resulta esencial para la adecuada representación del Estado que ostenta.

 



El autor es Presidente del Instituto Hispano Luso Americano de Derecho Internacional  y Grande Oficial de la Orden del Merito Consular.

 

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