Apropiado uso del lenguaje diplomático

 

Por Manuel Morales Lama

     A diferencia de otros sistemas de comunicación, la red diplomática no es neutra, está al servicio de intereses, de voluntades, de competências rivalidades. El establecimiento de uma comunicación útil entre los estados no solo supone um canal, sino también la capacidad de emitir y reemitir “señales”. Si bien las comunicaciones entre los estados se encuentran em um desarrollo constante, requierem de la observância cabal de normas y procedimientos establecidos para tales acciones, conforme a la natureza e importancia de los asuntos a tratar y de acuerdo al principio de aquivalencia entre las conductas. La comunicación diplomática constituye uma modalidad privilegiada de trabajo que se ajusta a la configuración , com frecuencia compleja, de uma red de transmisiones y representacinones que tienden garantizar las relaciones entre los actores llamados al diálogo internacional (A.Plantey/Gonçalves).

    Cabe resaltar que el ejercicio profesional de la diplomacia, a través del tiempo, ha indo creando: expresiones, giros literarios y frases hechas, indispensables para comunicarse com propiedad no sólo en este quehacer, sino también en los más diversos escenarios internacionales. En esencia, el denominado lenguaje diplomático es uma cautelosa forma de expresión que da la oportunidad de quedarse, em cierta medida, por debajo de la exacerbación cuando esse proceder conviene a los intereses del Estado que se representa. De uso imprescindible em determinadas exposiciones orales y escritas de mandatários, cancilleres, agentes diplomáticos y otros actores internacionales el hoy llamado lenguaje profesional de la diplomacia es el único instrumento que permite, mediante cautelosas gradaciones, formular uma advertencia seria a su contraparte, de conformidad com las normas de convivencia internacional si emplear innecesariamente vocablos amenazadores. En el escenario internacional, el referido lenguaje permite tratar apropiadamente situaciones conflictivas o críticas de la política internacional, en términos incluso conciliadores, y sin ser, en modo alguno, considerados por ello “provocadores ni descorteses”.
    En tal contexto cabe citar a Harold Nicholson, Ismael Moreno y a otros autores -clásicos y modernos- en relación a cómo la necesidad de tacto ha llevado a los estaditas, ministors de relaciones exteriores, agentes diplomáticos y a funcionarios internacionales a adoptar una serie de “frases convencionales” que por muy afables que puedan parecer, “poseen um valor de cambio conocido”. Así cuando uno de los referidos altos dignatarios o representantes entranjeros informa a outro gobierno que el suyo “ no puede permanecer indiferente” ante determinada controversia internacional, es vidente que quiere significar que, sin duda alguna, su gobierno intervendrá em esa disputa. Si en su mísiva o discurso emplea frases tales  como “el gobierno de mi país ve  con inquietud” o “ve con grave inquietud”, entonces es evidente para todos que  el gobierno que representa se propone adoptar una actitud enérgica en el referido asunto.

    Si dice “en ese caso mi gobierno (el gobierno que representa) se sentiría inclinado a reconsiderar cuidadosamente su posición” quiere decir que la amistad está a punto de quebrantarse. Cuando dice “el gobierno de mi país se siente obligado a formular reservas expresas con respecto de...” dice en realidad que “el gobierno de su país no permitirá...”. La expresión “ en ese caso mi gobierno se verá obligado a considerar sus propios intereses” o “a declararse libre de compromisos”, indica que se prevé una alteración de las relaciones. Si advierte a un gobierno extrajero que determinada acción de su parte seria considerada “como un acto no amistoso”, e gobierno receptor debe interpretar su palabras como una amenaza tácita para la adopción de medidas de hecho reconocidas por la comunidad internacional. En ese sentido, cuando dice que “se ve obligado a declinar toda responsabilidad por las consecuencias” quiere decir que está a punto de provocar un incidente que llevaría a medidas coercitivas. Y si pide, aun en los términos de la más exquisita cortesía, una repuesta, por ejemplo, para “antes de las seis de la tarde del día diez” su comunicación se considera entonces, com fundamento, un ultimátum. Cabe puntualizar que contrariamente a lo que suele ocurrir con el uso profesinal , cuidadoso y selectivo del lenguaje diplomático, su uso descuidado –o bien por desconedores o inerpertos- “ puede otorgar a una situación determinada una gravedad de la que en realidad carece”.

            

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