Imprescindible uso del lenguaje diplomático

 


 

Por Manuel Morales Lama - 9/11/2008

La comunicación diplomática constituye una modalidad privilegiada de trabajo que se ajusta a la configuración, con frecuencia compleja, de una red de transmisiones y representaciones que tienden a garantizar las relaciones entre los actores llamados al diálogo internacional. Si bien las comunicaciones entre los Estados se encuentran en un desarrollo constante, requieren de la observancia cabal de normas y procedimientos establecidos para tales acciones, conforme a la naturaleza e importancia de los asuntos a tratar y de acuerdo al principio de equivalencia entre las conductas. A diferencia de otros sistemas de comunicación, la red diplomática no es neutra, está al servicio de intereses, de voluntades, de competencias y rivalidades y sobre todo de conciliación de intereses (A.Plantey/C. Gonçalves).      

En esencia, el denominado lenguaje diplomático es una cautelosa forma de expresión que da la oportunidad de quedarse, en cierta medida, por debajo de la exacerbación cuando ese proceder conviene a los intereses del Estado que se representa. Cabe resaltar que el ejercicio de la diplomacia ha ido creando expresiones, giros literarios y frases hechas, indispensables para comunicarse con propiedad no sólo en este quehacer, sino también en los más  diversos escenarios internacionales.

De uso imprescindible en determinadas exposiciones orales y escritas de mandatarios, cancilleres, agentes diplomáticos y otros actores internacionales, el hoy llamado lenguaje profesional de la diplomacia es el único instrumento que permite, mediante cautelosas gradaciones, formular una advertencia seria a su contraparte, de conformidad con las normas de convivencia internacional sin emplear vocablos amenazadores. El referido lenguaje permite tratar apropiadamente situaciones conflictivas o críticas de la política internacional, en términos incluso conciliadores, y sin ser considerados por ello “provocadores o descorteses”.  

En tal contexto cabe citar a Harold Nicholson, a Ismael Moreno y a otros autores -clásicos y modernos- con relación a cómo la necesidad de tacto ha llevado a estadistas, ministros de Relaciones Exteriores, agentes diplomáticos y a funcionarios  internacionales a adoptar una serie de “frases convencionales” que, por muy afables que puedan parecer, “poseen un valor de cambio conocido”. Así, cuando uno de los referidos altos dignatarios informa  a otro gobierno  que el suyo “no puede permanecer indiferente” ante determinada controversia internacional, es evidente que quiere significar que, sin duda alguna, su gobierno intervendrá en esa disputa. Si en su misiva o discurso emplea frases tales como “el gobierno de mi país ve con inquietud”, entonces es evidente para todos que el gobierno que representa se propone adoptar una actitud enérgica en el referido asunto.

Si dice “en ese caso mi gobierno (el gobierno que representa) se sentiría inclinado a reconsiderar cuidadosamente su posición” quiere decir que la amistad está a punto de quebrantarse. Cuando dice “el gobierno de mi país se siente obligado a formular reservas expresas con respecto de…” dice en realidad que “el gobierno de su país no permitirá…”. La expresión “en ese caso mi gobierno se verá obligado a considerar sus propios intereses” o “a declararse libre de compromisos”, indica que se prevé una alteración  de las relaciones. Si advierte a un gobierno extranjero que determinada acción de su parte sería considerada “como un acto no amistoso”, el gobierno receptor debe interpretar sus palabras como una amenaza tácita para la adopción de medidas de hecho reconocidas por la comunidad internacional.

En ese sentido, cuando dice que “se ve obligado a declinar toda responsabilidad por las consecuencias” quiere decir que está a punto de provocar un incidente que llevaría a la adopción de medidas coercitivas. Y si pide, aun en los términos de la más exquisita cortesía, una respuesta, por ejemplo, para “antes de las seis de la tarde del día diez” su comunicación se considera entonces, con fundamento, un ultimátum. Cabe puntualizar que contrariamente a lo que suele ocurrir con el uso profesional, cuidadoso y selectivo del lenguaje diplomático, su uso descuidado -o bien por desconocedores o inexpertos- “puede otorgar a una situación determinada una gravedad de la que en realidad carece”.

Recuérdese, finalmente, que la diplomacia continúa requiriendo la aplicación de la inteligencia y del tacto a la conducta de las relaciones oficiales entre los Estados (E. Satow).

 



El Autor es Premio Nacional de Didáctica, Diplomático de Carrera y Actual Embajador en Brasil.

 

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