Diplomacia en la cumbre

 


 

Por Manuel Morales Lama

La celebración de encuentros de Jefes de Estado para solucionar cuestiones políticas complejas constituye una antigua práctica diplomática. Originalmente, por lo general se buscaba la manera de poner fin a los conflictos (o controversias) y sobre todo a las guerras que tenían amplias repercusiones.

A través del tiempo, las preocupaciones de los gobiernos los han llevado a evitar la aparición de litigios, a ponerse de acuerdo -en cierta medida- en un equilibrio de fuerzas, y a conciliar sus intereses (y ambiciones) apelando a un diálogo entre todos los países interesados, al más alto nivel, a través de Cumbres de Jefes de Estado o de Gobierno.

Evidentemente que las referidas Cumbres se ocupan hoy de ciertos asuntos que hasta hace muy poco eran de la competencia exclusiva de los organismos internacionales, y de otros asuntos que los gobiernos trataban por intermedio de sus misiones diplomáticas.

Estas últimas, en estos casos, participan activamente en las preliminares de estos cónclaves. Asimismo durante el desarrollo de éstos le darán el requerido soporte y muy especialmente, una vez finalizada la Cumbre en cuestión, le corresponde a las misiones diplomáticas darle el debido seguimiento a estas ejecutorias de los Mandatarios, de conformidad con el principio de acción exterior del Estado.

Es oportuno recordar, entonces, que el derecho internacional moderno ha denominado diplomacia directa (personal o en la Cumbre) a las negociaciones sin intermediarios de los Jefes de Estado o de Gobierno, que tienen lugar con el propósito de encontrar soluciones a problemas contemporáneos de la más diversa índole en el marco de Cumbres de Mandatarios, de Visitas de Estado, y de otros encuentros de esta naturaleza, como las denominadas Visitas Oficiales y de igual forma las llamadas Visitas de Trabajo.

En tal contexto, es oportuno señalar que en la XX Cumbre del Grupo Río, que tuvo lugar en nuestro país y la cual constituyó la última actividad de la Presidencia Protempore que ostentaba la República Dominicana, se lograron significativos resultados en pro de la paz regional que, conforme a comentarios de los medios de comunicación de diversos países del mundo, fueron más allá de las expectativas que sobre ella se habían creado.

Los referidos medios de comunicación han destacado el magistral manejo del Presidente dominicano, no sólo en los actos públicos, sino también en las oportunas negociaciones que tuvieron que haber precedido a tan enaltecedores resultados.

Sin duda, y ésto también lo reconocen varios medios de comunicación, el actual Presidente de la República Dominicana, Leonel Fernández, ha proyectado una imagen internacional que enaltece a su propio país y a la región, y que ha evidenciado sus vastos conocimientos en los asuntos internacionales y sus reconocidas dotes de ilustre estadista.

En ese sentido, recuérdese que el noticiero CNN (en español) calificó reiteradamente a la pasada Cumbre del Grupo Río, como la Cumbre de la Paz, tomando en cuenta lo ya expuesto. Otros medios de comunicación, ampliando este enaltecedor calificativo, han considerado al Presidente Leonel Fernández como el Presidente de la Paz. Más aún, la capital de la República Dominicana, Santo Domingo, fue calificada, en ese marco, como la Capital de la Paz. Todo ello, naturalmente, debe ser motivo de gran orgullo para todos los dominicanos.

Cabe señalar, finalmente, que las acciones que corresponden a los Mandatarios en el ámbito de las relaciones internacionales no se limitan a la diplomacia en la Cumbre (directa o personal del Jefe de Estado). Su competencia se extiende, entre otras importantes actividades, a la formulación y dirección de la política exterior del Estado (con la asistencia de su Ministro de Relaciones Exteriores), a la recepción de las misiones diplomáticas acreditadas ante el país, al nombramiento y envío al exterior de los agentes diplomáticos de su nación (en los casos de los Embajadores, su designación requiere en la República Dominicana la aprobación del Senado), a la concertación y a la puesta en vigor de los tratados, una vez que hayan recibido la aprobación parlamentaria correspondiente.

 



El Autor es Premio Nacional de Didáctica, Diplomático de Carrera y Actual Embajador en Brasil.

 

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