La autodeterminación como derecho

 


 

Por Manuel Morales Lama

Para los Estados la independencia constituye hoy la posibilidad y voluntad de fijar por sí mismos y libremente sus propios objetivos y la pertinente estrategia para la consecución de éstos, definiendo y poniendo en práctica la política -interna y exterior- que le dicten sus intereses. “La autodeterminación y soberanía -afirma A. Plantey- no pueden significar aislamiento. Por fuerte que sea la voluntad de autodeterminación e independencia no debe llegar hasta la negación o la destrucción de los principios sobre los cuales reposa la común aceptación de las naciones civilizadas”.
En ese contexto, cuando se habla de soberanía se quiere decir “la más alta autoridad”, sin injerencia externa. De igual forma, independencia suele significar poder constituyente, no intervención, dominio reservado, jurisdicción doméstica. Son virtualmente sinónimos -sostiene Julen Guimón- y realmente son los atributos esenciales de la tradicional concepción de la soberanía, como supremacía normativa sobre los habitantes de un territorio sin intervención de terceros. Mientras que el derecho de autodeterminación, el de secesión y el principio de las nacionalidades son formas distintas de reivindicarla. En el ámbito del derecho internacional son vocablos que describen un mismo fenómeno. Si bien, cada uno de ellos, con énfasis prioritario en alguna de sus características.
Es una simple cuestión de perspectiva. En rigor, “por autodeterminación debe entenderse el derecho de una comunidad a ejercer el primer acto de la soberanía popular, consistente en el ejercicio del poder constituyente y, tras ello, a ser respetado en su independencia por los demás miembros de la comunidad internacional, en aplicación del llamado principio de “no- intervención” en las cuestiones internas reservadas a la jurisdicción doméstica”.
La autodeterminación-proceso puede ser admitida como una posibilidad legal, siempre que se entienda que no implica el reconocimiento de un derecho supraconstitucional preexistente, ni la aceptación de un determinismo histórico, sino que constituye simplemente una conjetura política, admisible sólo con todas las cautelas propias de una anticipación de futura situación de hecho. Cabe recordar, que tanto las reinvidicaciones secesionistas, como la represión en nombre de la integridad territorial de los Estados, han generado guerras y otros fenómenos cruentos, “el terrorismo entre ellos”.
En igual dirección, se exponen los argumentos para la aplicabilidad del derecho de autodeterminación, conforme a una acertada síntesis de textos de otros tratadistas realizada por Alexis Heraclides, que dice: Debe exigirse: la voluntad de la abrumadora mayoría y la justicia de la reivindicación. Asimismo, el grado de armonía mundial resultante de la secesión, la viabilidad del nuevo Estado, las consecuencias de la secesión para otros Estados y las alternativas a la secesión.
A través del tiempo, “la autodeterminación de los pueblos” ha alcanzado el prestigio del reconocimiento normativo.  A partir de 1918, constituyó una manifestación tardía de las reinvindicaciones nacionales del siglo XIX, muy ligadas a todo el sistema de tratamiento de las minorías nacionales. Luego de la II Guerra Mundial, con la ONU este fundamental principio habría de convertirse en el instrumento político y jurídico para propiciar el movimiento descolonizador. Más adelante, cuando la culminación de los movimientos descolonizadores parecía haberla privado de sentido o utilidad, vuelve con fuerza, como línea conductora del mundo post ñ soviético.
En un sentido técnico, la autodeterminación es el principio por el que la mayor parte de los componentes de una unidad territorial están legitimados para: a) Independizarse y vivir separadamente de cualquier otra “unidad diferenciada” (autodeterminación externa). b) Crear un nuevo Estado o gobernar el ya existente sin injerencia de terceros (autodeterminación interna). Para Rupert Emerson la autodeterminación externa se refiere a pueblos sin Estado, y la interna a pueblos con Estado. Ambos piden lo mismo: la no intervención de los demás. Vale decir, la autodeterminación externa se configura como una reivindicación de soberanía de un pueblo  y la interna como la reivindicación  de soberanía de un Estado, de lo que se puede colegir que “son el mismo fenómeno en fases históricas distintas”. Finalmente, tal como afirma J. Rupérez, predicar la autodeterminación, oponerse a ella o matizar su aplicabilidad, son esquemas que suelen responder con precisión a determinados planteamientos ideológicos y políticos, y cuyas razones, más allá de los sentimientos que tienen su origen en el fervor nacionalista -y etnonacionalista, deben ser cuidadosamente explicadas.

 



El Autor es Premio Nacional de Didáctica, Diplomático de Carrera y Actual Embajador en Brasil.

 

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