Textos formales con matices coloquiales

 


 

Por Manuel Morales Lama

El arte de saber incluir frases coloquiales en exposiciones orales y escritas de carácter formal, con el debido acierto -es decir, sin que éstas pierdan la debida consistencia, la necesaria seriedad que revisten, o de algún modo se banalicen-, resulta en ocasiones tan difícil como lograr el preciso enfoque, que capte, como corresponde, la deseada atención de un auditorio. El uso de este recurso suele tener el propósito de incluir matices de una determinada significación. Al mismo tiempo puede “enriquecer” el contenido con aportes que facilitan su comprensión y a la vez permite mantener, o captar, en la medida de lo posible, la atención de quienes escuchan. Sin que esto último, por supuesto, sea el fin de tal inclusión, sino más bien un aporte accesorio al mismo.

Una frase coloquial que hace algún tiempo logró gran difusión, por ser utilizada frecuentemente por el entonces Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, se recuerda hoy en algunos medios de comunicación, que cuando invocan la frase: “Una cosa es con guitarra y otra con violín”, lo hacen agregándole que la misma era muy del gusto del citado eminente Embajador de carrera del Perú.

Hace varias décadas, un mandatario suramericano, que se caracterizaba por la formalidad en sus exposiciones, en el transcurso de una asamblea, sorprendió a sus copartidarios al requerir cordura, diciendo: “Por favor, suave que es bolero”. Este hecho, intrascendente, si bien logró su limitado propósito, por lo espontánea y casual de la frase, conforme a comentarios de prensa, tangencialmente tuvo una amplia difusión y le generó nuevas simpatías al citado mandatario, en sectores donde no contaba con ello.

Recientemente un político español, en el transcurso de una disertación de carácter proselitista, acusó a su adversario de sufrir del “síndrome de mal perder”, que sin duda es una forma peculiar de significar que la persona a que se refiere se resiste a aceptar, de alguna forma, su derrota, o el triunfo del exponente, o tal vez, más bien, ambas cosas a la vez. Incluso lo invitaba a auto criticarse para no verse obligado posteriormente “a implorar favores celestiales”.

En nuestro país, hace algunos años, en un contexto semejante, un culto y exitoso maestro de ceremonias, se refería a sus detractores, que entonces se multiplicaban al parecer por “celos profesionales”, como “los derrotados del triunfo de los demás”. Una forma muy especial, pero cotidiana, de expresar un concepto que en otros términos y con un matiz diferente, Baltasar Gracián, resumía hace mucho tiempo al decir: “Los éxitos suelen generar envidia”.

En tal sentido merece resaltarse, que es el nivel de formación integral, de la calidad humana de la persona, incluso su madurez psicológica, la que se pone en evidencia, al pretenderse desconocer los méritos o éxitos de nuestros semejantes, particularmente, haciendo eso patente con las consecuentes acciones malsanas en su contra, como son, los infundios, las calumnias y más aun las infamias e intrigas, por tal motivación. Viene al caso recordar, en el mismo sentido, que como creen los hindúes, podría considerarse que, en cierta forma, el universo está regido por una ley moral en que un truhán, un tigre, un marrano o una hormiga, saben que hay cosas que no deben hacer. No obstante, por motivos que corresponden a otras consideraciones, hay quienes se equivocan y se comportan o actúan así.

Finalmente, cabe señalar, que el uso de frases coloquiales o anécdotas, en exposiciones que revisten cierta rigurosidad, requiere una acertada selección de éstas en lo concerniente a su contenido y a su posible efecto en el marco de tales textos. De igual manera, tómese en cuenta, que el uso inadecuado de frases coloquiales en textos formales, resulta tan desconcertante e inapropiado, como la cursilería de usar frases solemnes fuera de contexto.

Por último hay que destacar que la innovación que constituye el uso de frases coloquiales en textos o contextos formales es parte, contemporáneamente, de una ardua y porfiada discusión. Téngase presente, que en determinados ambientes intelectuales se considera que para cada cosa de este “intrincado mundo”, preexiste una palabra justa: (“Le Mot Juste”), y que el deber del escritor es acertar con ella, no buscar alternativas para evadir esa obligación. En un sentido tangencial, pero complementario, J. L. Borges, sostiene: “Una de las vanidades del burgo y de las academias es la incómoda posesión de un vocabulario copioso. En el siglo XVI, Rabelais estuvo a punto de imponer ese error estadístico, la mesura de Francia lo rechazó y prefirió la austera precisión a la profusión de palabras”. 



El Autor es Embajador en Brasil

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