Lo de Palestina va en la ONU, para consternación de Estados Unidos, que prefiere seguir por la vía de la negociación.


En medio del maremágnum de revueltas, últimamente en sobre todo en Libia y Siria y la intervención militar europea en la región, con respaldo popular, en el caso libio, sigue lentamente su curso otro conflicto que puede tener repercusiones diferentes porque, por definición, es completamente regional: el muy prolongado entre Israel y los palestinos; o mejor dicho, entre Israel y Palestina.


La actual administración judía, apostando no se sabe a qué, ha hecho todo lo posible por torpedear cualquier proceso negociador con sus vecinos y todavía enemigos, esto último, debido a su política militarista y a la obvia subestimación del espíritu nacional palestino.


Así como tienen como tienen los israelíes el derecho absoluto a ser un país, con fronteras seguras y respetadas y relaciones de convivencia con sus vecinos, igualmente lo tienen los palestinos.


En las presentes circunstancias y sin duda que aprovechando el impulso revolucionario o de cambios existente en el mundo árabe, en la próxima Asamblea General de la ONU se tiene previsto presentar el reconocimiento de Palestina como “Estado observador” de la organización (recordemos que ahora tienen el estatuto de “Organización observadora”).


Ese cambio cualitativo, abre las puertas de los palestinos a variados e importantes recursos dentro de los organismos internacionales, incluido el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.


Aunque organismos como este último han desarrollado una línea de constante hostilidad a Israel, expresada en periódicas resoluciones de condena (se reprocha a ese organismo sin embargo, albergar a gobiernos de países donde no se respetan los derechos humanos) no es lo mismo que los temas los presente una organización sin acceso a los debates que un Estado observador que, sin tener derecho a voto, sí lo tiene a sus deliberaciones.

 

De todas maneras, en estos días la propia ONU calificó de excesivo el uso de la fuerza ejercido por Israel contra las naves que intentan romper el abusivo bloqueo impuesto a Gaza.


Ese no es el principal problema de Israel, pero es un irritante. Lo es también para Estados Unidos y eso será claro cuando se inicie el proceso de reconocimiento de Palestina.


En efecto, la administración norteamericana ha ejercido tantas presiones sobre los palestinos como sobre Israel, quizás más sobre el estado judío, tratando de promover negociaciones sustantivas que han encontrado obstáculos de parte y parte.


Aunque en la imposibilidad de entablar el diálogo negociador “nadie está libre de pecado”, Israel ha sido particularmente provocador e imprudente con sus aprobaciones al levantamiento de viviendas en Territorios Ocupados y pendientes de negociación. Es más, las autoridades israelíes se han hecho especialistas en hacer pasar malos momentos a sus amigos norteamericanos.


Nunca se debe “halar la soga más de lo debido”, como lo ha hecho Israel, ahora prácticamente solo enfrentado a la inminencia de, a partir de octubre próximo, tener que lidiar ya no con una organización palestina, sino con un estado palestino, aunque no lo reconozca.


Y ese hecho precisamente, puede convertirse en otro eslabón más de la cadena de obstáculos a negociaciones serias entre ambas entidades.


Porque ¿Qué pasará cuando se convoque alguna reunión negociadora entre israelíes y palestinos? ¿Cuál será el status de los palestinos, organización o Estado?


Esa distinción, aparentemente anodina puede significar que la reunión no pueda tener lugar y se persista en la cadena actual de tensiones, ocupación israelí de territorios palestinos, actividades hostiles de segmentos de la resistencia palestina contra civiles israelíes y las letales reacciones armadas de Israel.


Estados Unidos está sumamente preocupado porque no ha podido relanzar las negociaciones al tiempo que ha estado haciendo lo posible por ganar puntos en el mundo árabe, con sus intervenciones discretas (Egipto) y menos discretas (Libia y quién sabe si Siria) a favor de un proceso de democratización en la región.


Pero un sino de la administración Obama ha sido el de no desatender las responsabilidades que incumben a la única gran potencia mundial, sin despertar las olas de protesta y condena que eran características de anteriores administraciones, especialmente la de Bush/Cheney.

 

Obama “vende mejor” y el bajo perfil puesto en práctica en Libia, por ejemplo, contribuye a esa “buena venta”. Se mantiene, sin embargo, la espina del Medio Oriente.


Porque si bien los norteamericanos han contribuido a procesos de cambios en países árabes, en lo relativo a Palestina no han avanzado ni un ápice, a menos que haya cosas que estén ocurriendo y la prensa internacional no tenga noticias. Pero todo indica que en ese frente, no pasa nada.


Lo que hace ahora Estados Unidos, ante la inminencia de un reconocimiento institucional de Palestina (ya hay más de 120 estados del mundo que le reconocen), es convencer al mayor número posible de países para que se abstengan a la hora de la votación.


Si es que, como se prevé, el tema es votado en octubre próximo, con el fin de debilitar el esfuerzo y “restablecer” cierto equilibrio antes de las partes.


Tienen los norteamericanos la esperanza que, pese a todas las dificultades no controlables como resultado de la aceptación de Palestina, el paso dado finalmente contribuya a acelerar el proceso negociador, única vía que en definitiva conducirá a un arreglo definitorio del conflicto.
Entretanto, Palestina deberá contar con el voto afirmativo de quienes han dado el positivo paso de reconocerle como Estado.

 

Fuentes: Foreign Affairs, Boletín de Noticias de la ONU, The Daily Beast, Foreign Policy Wall Street Journal, Big News Network, NY Times, BBC, The Guardian, The Independent, Open Democracy, Le Temps (Suiza), ABC (España), Le Monde Diplomatique







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